Salvo por el hecho de que nací un lunes, los lunes me parecen por lo general insoportables. Este maravilloso lunes feriado decidí celebrarlo haciendo lo que yo llamo un “aseo profundo de mi hábitat”. Me vi forzada entonces a levantarme temprano, poner un CD de Yuri en el equipo y animarme a llegar a los rincones más inverosímiles de mi departamento, incluso a aquellos que hace años no visitaba: como el nunca bien ponderado cajón de los recuerdos.
El problema, es que en mi caso los recuerdos hace rato que ya sobrepasaron los cajones, por lo cual he decidido reorganizar estos fragmentos de mi pasado en cajas.
Ahí están entonces, los momentos de mi vida que me gustaría borrar pero que por una extraña razón no puedo. Por el momento, acumulo el pasado en cajas de zapatos en lo más alto de mi clóset.
Cada caja, por que sí soy una maniática, tiene su rótulo. Por ejemplo, la primera de las cajas dice “caja de recuerdos” y está llena de esas típicas cosas que una guarda:
- Mis frenillos de cuando era chica.
- Mi primera carta de amor.
- Mi autógrafo del Matador Salas.
- Mi primer cigarro.
- Mi segundo cigarro.
- La foto de una amiga que se suicidó.
- La pulsera de mi primera operación. (¡Qué atroz! Soy horriblemente joven y digo mi primera operación.)
- Mi álbum de esquelas coleccionables.
- Y algunos recortes de diario, donde he tenido el privilegio de aparecer en las páginas de vida social.
Esa caja no me produce conflictos, como sí lo hizo la caja numero 2: las cosas que me regalo mi ex pololo. Es triste, pero las cosas que me regalo mi ex pololo, en cuatro años caben en una caja de zapatos. Vale decir… me desviví cuanto tiempo por alguien que en cuatro años me regalo cosas suficientes para guardar ¡en una caja de zapatos! Lo peor, es que yo calzo 34.
Pero esto no es un afán materialista, si bien el amor no se mide en regalos, para mí fue un claro reflejo de la forma en que llevábamos la relación. Es más, la mayor parte de la caja contiene fotografías de viajes que yo tomé, revelé y atesoré como los mejores veranos de mi vida.
Desde ahora en adelante, decidí que las relaciones de pareja pueden ser medidas en cajas, por ejemplo, si él guardara todas las cosas que yo le di en una caja -incluyendo cubrecamas tejidos por mis propias manos- podría llenar sin duda una caja de supermercado, una de microondas y quizás hasta la de un televisor 24 pulgadas…
Porque claro, yo me dedicaba. Elaboraba una serie de objetos que le demostraban de una y mil formas que lo quería. En resumen, fui la posibilidad de una gran caja. Él, sólo alcanza a llenar medianamente mi pequeña caja número 34.
Lo peor de todo, es que no importa lo chica que sea la caja, no la puedo botar. Esta ahí recordándome lo poco que me quería en una mísera caja de zapatos.
Para las mujeres esos pequeños detalles coleccionables en cajas son muchas veces los que hacen las grandes diferencias. En definitiva, para los hombres los regalos nunca son más que eso, pero para una es la muestra fehaciente de preocupación, de creer que el pensó o se acordó de ti en un determinado momento, de poder atesorar una forma de expresión en un objeto y mirarlo cuantas veces quieras para reafirmar que te aman.
Se que suena como inseguridad, pero crean que es más que eso. Al igual que esa ruma de cajas que me muestra que no me puedo deshacer del pasado. ¿Qué hace una con las cosas de un ex? ¿Las bota a la basura? ¿Hay personas capaces de eso? ¿Cómo se deshace uno de las relaciones pasadas?
La verdad es que me gustaría saberlo. Pero por el momento seguiré con el aseo profundo que hoy no solamente ha involucrado mi departamento, sino que además alcanzó por azar la limpieza de mi corazón.
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